
René Magritte.
El Joven Johnson
Un escocés, un inglés y un francés competían entre sí -después de rigurosa selección entre los mejores cuentistas del momento- por hacer el cuento perfecto. Yo asistí al evento, como corresponde a un aspirante a escritor, que quiere aprender rápido y seguro. Me sorprendió el ambiente que reinaba en la enorme sala. Me sentí importante por estar allí, tener el privilegio de escuchar a los grandes escritores del momento y más aún poder votar el mejor cuento.
Había estado reflexionando.
¿Qué cualidades debería tener el cuento perfecto?
La sobriedad de estilo quizás, la sencillez, la sorpresa de lo inesperado, la concisión, la claridad, el misterio….
Espectante y muy atento, deseaba cumplir bien con mi papel, por fin iba a escuchar la voz de mi admirado Thomas Carlyle, renombrado historiador y ensayista escocés, al que solía ver sentado, escribiendo ó leyendo en el café modernista de la Plaza Mayor. Una vez, me atreví y solapado en una esquina, lo observé como si, con sólo mirarlo, me pudiera contagiar de su valía.
Con una voz profunda y clara anunció el título de su composición:
-Un auténtico fantasma.
Un silencio inquieto se instaló en la sala.
Imaginen la escena y lean:
“¿Habría algo más prodigioso que un auténtico fantasma?
El inglés Johnson anheló, toda su vida, ver uno; pero no lo consiguió, aunque bajó a las bóvedas de las iglesias y golpeó féretros. ¡Pobre Johnson! ¿Nunca miró las marejadas de vida humana que amaba tanto? ¿No se miró siquiera a sí mismo? Johnson era un fantasma, un fantasma auténtico; un millón de fantasmas lo codeaba en las calles de Londres. Borremos la ilusión del Tiempo, compendiemos los sesenta años en tres minutos, ¿qué otra cosa era Jonson, que otra cosa somos nosotros? ¿Acaso no somos espíritus que han tomado un cuerpo, una apariencia, y que luego se disuelven en aire y en invisibilidad?”
Me quedé sobrecogido. Soy inglés y me llamo Johnson, apellido muy común, por otra parte
En el descanso, me fui a los lavabos y me miré en el espejo, mi rostro difuminado y grisáceo me alarmó, bebí agua directamente del grifo, me mojé la nuca y me sequé con mi pañuelo. Respiré.
¿Cuántos Johnson habría en la sala, en la ciudad, en el mundo? ¿Cuántos somos…digo, serán?¡Qué tontería! ¿Desde cuándo compartir un nombre implica compartir destino?. Con urgencia me dirigí directamente a la sala, y comencé a preguntar, como si buscara a alguien, pero con cierta indiferencia:
-Señor Johnson, llamada urgente. Señor Johnson.
Nadie parecía verme, nadie respondía, todos seguían charlando sin oírme, comencé a levantar la voz y a acercarme más:
-Señor Johnson, por favor.
La voz comenzaba a temblarme ante tanta indiferencia, llegué incluso a tocar el brazo de alguno, actitud bastante incorrecta y nada común en mi país, donde ser espontáneo ó expresar emociones es grave falta de educación.
-Señor Johnson. Señor Johnson….
Nada, ni la más mínima reacción ante tan directos avances, no me veían, no me sentían,no me escuchaban.
Mi confusión fue aún mayor, si cabe, al comprobar que todos oyeron la campanilla y diligentemente, como un ejército bien adiestrado, volvían a sentarse cada uno en su sitio. La función continuaba.
Me sentí ridículo, como si estuviera en uno de esos sueños infinitos de estancias cerradas.
Quise escapar, salir corriendo de allí, emborracharme, evadirme de tamaña pesadilla.
Pero, ¡Qué estupidez! lo último era huir; yo era un joven apuesto, inteligente, culto, racional y sobre todo no creía en fantasmas y nunca pensaba en ellos. Yo estaba vivo, en cambio el protagonista del cuento…
Traté de calmarme,tenía que tomar una decisión, imposible salir en esos momentos, había más gente de pie, obstruyendo la puerta de salida, no había escapatoria.
Me apoyé en una columna, derrotado. Lo único que me quedaba por hacer, era ser como todos, fingiría que nada estaba pasando, que el cuento era eso: un cuento, y no una revelación de alto coste.Cuando la imaginación suplanta a la realidad, es difícil, entonces, saber de qué lado estamos.
Nunca fui fantasioso, las ficciones de ultratumba no van con mi talante, yo tengo los pies en la tierra. Además, yo,¿ a qué vine? A votar, y eso es lo que tengo que hacer.
Mientras así me atormentaba, los otros dos participantes acabaron de leer sus cuentos, provablemente magníficos, pero yo era incapaz de prestar atención, el señor Carlile no dejó espacio en mi mente para nada más.
A pesar de este inconveniente, logré reponerme y cumplir con mi cometido.
¿Qué me había hecho habitar el cuento hasta el punto de identificarme con el protagonista? No sólo me había creído la historia sino que estaba aún viviéndola. Ésa era la cualidad principal de un gran relato, pero también su gran peligro.
Este cuento por tanto merece ser el mejor por su gran credibilidad.
Una vez libre de su fascinación y ya casi en mis cabales, pude votar a su favor.
Lo voto, ya que nada tiene que ver con mi persona, aunque sea inglés y me llame Johnson.
Hablando de Fantasmas. Candela Bey.
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