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sábado, 28 de marzo de 2009

La pereza activa. Sogyal Rimpoché.

Fernand Léger.



Hay un antiguo relato tibetano que me encanta; se titula El padre de “Famoso Como La Luna”.
Un hombre muy pobre, después de mucho trabajar, consiguió acumular todo un saco de grano. Se sentía muy orgulloso de sí mismo, y cuando llegó a casa cogió una cuerda y colgó el saco de una viga, para que estuviera a salvo de ratas y ladrones. Dejándolo allí colgado, se tendió a dormir justo debajo para mayor seguridad. Mientras yacía acostado, su mente empezó a divagar: “Si vendo el grano en pequeñas cantidades obtendré mayor beneficio. Así podré comprar más grano y repetir el negocio, y muy pronto me haré rico y seré una persona influyente en la comunidad. Las chicas se prendarán de mí. Me casaré con una mujer hermosa, y muy pronto tendremos un hijo. Habrá de ser un niño, pero... ¿qué nombre vamos a ponerle?. Paseó la mirada por el cuarto y la detuvo en un ventanuco tras el cual se veía ascender la Luna.
¡Qué signo más auspicioso!, pensó. Eso sí que es un buen nombre. Lo llamaré “Famoso Como La Luna”.
Ahora bien , mientras él se entregaba a sus fantasías, una rata logró trepar hasta el saco de grano y royó la cuerda que lo sostenía. En el momento que brotaban de sus labios las palabras “Famoso Como La Luna”, el saco cayó del techo y lo mató al instante. “Famoso Como La Luna”, lógicamente, no llegó a nacer.

¿Cuántos de nosotros, a semejanza del protagonista de este relato, somos arrastrados por lo que he dado en llamar “pereza activa”? Naturalmente, existen diversas variedades de pereza. La pereza de estilo oriental es como la que se ha llevado a la perfección en la India. Consiste en pasarse el día holgazaneando al sol, sin hacer nada, evitando toda clase de trabajo o actividad útil, bebiendo tazas de té, escuchando música de películas indias a todo volumen en los aparatos de radio y charlando con los amigos. La pereza occidental es muy distinta. Consiste en abarrotar nuestra vida de actividades compulsivas a fin de que no quede tiempo para afrontar los verdaderos problemas.
Si contemplamos nuestra vida veremos claramente cuántas tareas sin importancia, a las que llamamos “responsabilidades” se acumulan para llenarla. Un maestro las compara a “hacer la limpieza de la casa en sueños”. Nos decimos que queremos dedicar tiempo a las cosas importantes de la vida, pero nunca tenemos tiempo. El mero hecho de levantarnos por las mañanas supone una multitud de tareas: abrir la ventana, hacer la cama, ducharse, limpiarse los dientes, dar de comer al perro o al gato, fregar los platos de la noche anterior, descubrir que te has quedado sin azúcar o café, salir a comprarlo, preparar el desayuno...Es una lista interminable. Luego hay que buscar la ropa, elegirla, plancharla, volverla a guardar. ¿Y el cabello? ¿Y el maquillaje? Desvalidos, vemos cómo se nos llenan los días de llamadas telefónicas y proyectos triviales, de responsabilidades y responsabilidades...¿O no deberíamos llamarlas “irresponsabilidades”?

Parece que nuestra vida nos vive, que posee su propio impulso imprevisible, que se nos lleva; en último término, nos parece que no tenemos elección ni control sobre ella. Naturalmente, esto a veces nos hace sentir mal, tenemos pesadillas y nos despertamos sudorosos, preguntándonos: “¿Qué estoy haciendo con mi vida?. Pero nuestros temores sólo duran hasta la hora del desayuno; aparece el maletín y volvemos a estar donde empezamos.

Pienso en el santo hindú Ramakrishna, que le dijo a uno de sus discípulos:
“ Si dedicaras a la práctica espiritual una décima parte del tiempo que dedicas a distracciones como ir detrás de las mujeres o hacer dinero, llegarías a la Iluminación en unos pocos años.

Hubo un maestro tibetano llamado Mipham, que vivió a principios de siglo, una especie de Leonardo da Vinci del Himalaya. De él se cuenta que inventó un reloj, un cañón y un aeroplano. Pero en cuanto daba por terminado un invento, lo destruía diciendo que sólo sería causa de nueva distracción.

La palabra “cuerpo” en tibetano es “lü” que quiere decir “algo que se queda atrás”, como el equipaje. Cada vez que decimos “lu”, recordamos que sólo somos viajeros refugiados temporalmente en esta vida y este cuerpo. Así, en Tibet la gente no se distraía ni se pasaba todo el tiempo procurando hacer más cómodas sus circunstancias externas. Se daban por satisfechos si tenían lo suficiente para comer, la espalda cubierta de ropa y un techo sobre su cabeza.

Lo que hacemos nosotros, tratar obsesivamente de mejorar nuestras condiciones, puede convertirse de un fin por sí mismo y en una distracción vana. ¿A quién que estuviera en su sano juicio se le ocurriría redecorar minuciosamente la habitación del hotel cada vez que se alojara en uno?

A veces pienso que el mayor logro de la cultura moderna es su brillante manera de vender el samsara y sus distracciones estériles. La sociedad moderna me parece una celebración de todas las cosas que alejan de la verdad , que hacen difícil vivir para la verdad, y que inducen a la gente a dudar incluso de su existencia. Y pensar que todo esto surge de una civilización que dice adorar la vida, pero en realidad la priva de todo sentido real; que habla sin cesar de “hacer feliz” a la gente, pero que de hecho obstruye su camino a la fuente de la auténtica alegría.
Este samsara moderno se alimenta de la misma ansiedad y depresión que induce en todos nosotros y que fomenta cuidadosamente con una maquinaria de consumo que necesita mantenernos deseosos para continuar funcionando. El samsara es muy organizado, versátil y refinado; nos asalta con su propaganda desde todos los ángulos y crea a nuestro alrededor un entorno de adicción casi inexpugnable. Cuanto más intentamos escapar, parece que más caemos en las trampas que con tanto ingenio nos tiende.

Jikmé Lingpa, maestro tibetano del siglo XVIII, dijo:
“Hipnotizados por la variedad misma de las percepciones, los seres vagan perpetuamente errantes por el círculo vicioso del samsara”.
Así obsesionados por falsas esperanzas, sueños y ambiciones que prometen felicidad pero sólo conducen a la desdicha, somos como personas que se arrastran por un desierto sin fin , muertas de sed. Y todo lo que este samsara nos ofrece es un vaso de agua salada que intensifica nuestra sed.

(Referencia: El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte. Sogyal Rimpoché. Edit. Urano)