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martes, 5 de mayo de 2009

Con Alexandra David-Néel. Cuentos 12 y 13.


Monasterio de Potala.
Alexandra David-Néel (1868-1969)

Está claro que la división entre fantasía y realidad siempre depende de la perspectiva, del grado de percepción y está claro que Alexandra hizo hasta lo que no pudo para ampliar los límites de su percepción. Lo arriesgó todo por alcanzar la libertad de su condición de mujer, trató de ser ella misma y por ello luchó en su dilatada vida, ciento un años da para mucho y ella supo aprovechar bien el regalo.
Su último viaje fué al Himalaya , un año antes de su muerte, tenía cien años y la misma ilusión, la vejez, ese obstáculo que a tantos acobarda , no pudo quitarle su pasión por la aventura del conocimiento, y con ciento un años cuentan que fué a renovar su pasaporte. El viaje que le esperaba era el más importante de toda su vida.
Amaba el riesgo de vivir una vida plena y así lo dice:

“Para aquél que sabe mirar y sentir, cada minuto de esta vida libre y vagabunda es una auténtica gloria”.

En la entrada anterior he presentado a Alexandra David-Néel (1868-1969). Ahora es el momento de leer algo de lo que escribió. La selección de los dos relatos fue hecha por J.L.Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares para su magnífica “Antología de la Literatura Fantástica

Glotonería Mística. Cuento 12.

A orillas de un río, un monje tibetano se encontró con un pescador que cocía en una marmita una sopa de pescados. El monje, sin decir palabra, se bebió la marmita de sopa hirviendo. El pescador le reprochó su glotonería. El monje entró en el agua y orinó: Salieron los peces que había comido y se fueron nadando.

La Persecución del Maestro. Cuento 13.

Entonces el discípulo atravesó el país en busca del maestro predestinado. Sabía su nombre: Tilopa; sabía que era imprescindible. Lo perseguía de ciudad en ciudad, siempre con atraso..
Una noche, famélico, llama a la puerta de una casa y pide comida. Sale un borracho y con voz estrepitosa le ofrece vino. El discípulo rehúsa indignado.
La casa entera desaparece; el discípulo queda solo en mitad del campo; la voz del borracho le grita. Yo era Tilopa.
Otra vez un aldeano le pide ayuda para desollar un caballo muerto; asqueado, el discípulo se aleja sin contestar; una burlona voz le grita: Yo era Tilopa.
En un desfiladero un hombre arrastra del pelo a una mujer. El discípulo ataca al forajido y logra que suelte a su víctima. Bruscamente se encuentra solo y la voz le repite: yo era Tilopa.
Llega, una tarde, a un cementerio; ve a un hombre agazapado junto a una hoguera de ennegrecidos restos humanos; comprende, se prosterna, toma los pies del maestro y los pone sobre su cabeza. Esta vez Tilopa no desaparece.


Parmi les Mystiques et les Magiciens du Tibet (1929).Alexandra David-Néel