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viernes, 6 de febrero de 2009

Los dos Borges.










Borges con María Kodama.

Los dos yoes de Borges. Relato y Poema.
Genial, tal como acostumbra, es este relato confesional del propio desdoblamiento escrito por J. L. Borges.
Esta mañana abrí “El Hacedor” al azar y me encontré con ésta descripción tan certera y tan común de lo que somos los seres humanos, siempre que leo a Borges me sobrecoge un halo de veneración y respeto, de admiración, él sí tuvo un romance con el conocimiento y llegó al fondo de sí mismo. Si alguna duda le quedaba, la ceguera de sus últimos 20 ó 30 años, le ayudó. El tema del doble que no es otro que el ego, es aquí real, verdadero, sin ropajes ni camuflages. Borges se conoce y se acepta. La ceguera fue su mayor óbstáculo y también su mayor regalo Y así lo dice :"El camino es fatal como la flecha. Pero en las grietas está Dios, que acecha."
Domina el arte de ensamblar los contrarios serenamente, con furia contenida a veces. Gracias a Borges podemos ser testigos de la sencillez, autenticidad y humildad de la gran sabiduría de Borges, otro y él mismo. Para ser uno mismo se requiere de gran disciplina gozosa. Borges fue feliz porque la tuvo.

Borges y yo
(Jorge Luís Borges. El Hacedor. Alianza.Emece)
“AL otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores ó en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, las tipografías del siglo XVIII, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributo de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje ó la tradición. Por lo demás yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros ó que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, ó del otro.
No sé cual de los dos escribe esta página.”

Imposible cerrar esta página sin añadir un poema que completa su acto de desnudez, impecable nos muestra su ceguera(“un lento atardecer de verano”) y el sufrimiento que conlleva. Sus resistencias a la aceptación de lo que le pasa y su claro deseo de aceptación. Su lado más humano tratando de comprender los designios divinos. La ironía constante de los quiebros de la vida. Y siempre más mucho más.

Poema de los dones

“Nadie rebaje a lágrima ó reproche
Esta declaración de la maestría
de Dios, que con mágnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
A unos ojos sin luz, que sólo pueden
Leer en las bibliotecas de los sueños
Los insensatos párrafos que ceden

Las albas a su afán. En vano el día
Les prodiga sus libros infinitos,
Arduos como los arduos manuscritos
Que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
Muere un rey entre fuentes y jardines;
Yo fatigo sin rumbo los confines
De esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
Y el Occidente, siglos, dinastías,
Símbolos, cosmos cosmogonías
Brindan los muros pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
Exploro con el báculo indeciso,
Yo, que me figuraba el Paraíso
Bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
Con la palabra “azar”, rige estas cosas;
Otro ya recibió en otras borrosas
Tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
Suelo sentir con vago horror sagrado
Que soy el otro, el muerto, que habrá dado
Llos mismos pasos en los mismos días

¿Cuál de los dos escribe este poema
De un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
Si es indiviso y uno el anatema?

Groussac ó Borges, miro este querido
Mundo que se deforma y que se apaga
En una pálida ceniza vaga
Que se parece al sueño y al olvido.